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martes, 17 de febrero de 2009

LO EXOTERICO, ESOTERICO Y EL PRESTIGIO EN LA RELIGIÓN




“Pretender someter a un genio como Shakespeare a los parámetros
de la religión , es como calzar a un gigante con los zapatos de un enano.
Arthur Schopenhauer

El cristianismo es un proceso histórico, para ser mas precisos; el devenir de unas ideas parciales, sectarias, incultas y plebeyas, cuya incoherencia es llamada misterio y como toda cosa deshonesta y torcida, tiene dos caras, o sea un lado exotérico y otro esotérico, una cara oculta y otra expuesta. Lo escondido seduce, fascina e intriga a través de la curiosidad. He aquí una listeza cristiana que pasó desapercibida a este gran crítico que fue Nietzsche.
Este truco es particularmente efectivo ante mentes cultivadas y vanidosas intelectualmente, cuya impotencia y cobardía se abrigan bajo sofisticadas elucubraciones sobre magia, alquimia y misterios en un mundo que los posee cada vez menos. Del mismo modo que la separación entre Congregación, Iglesia o institución religiosa y fe religiosa es un producto histórico, un truco ilusionista que crea dos cosas de una, la división entre exterior e interior de una doctrina cualquiera es ridícula. Si esto se piensa seriamente, ¿ acaso una idea o corriente filosófica tiene dos caras ¿, no, claro que no, solo las organizaciones sociales y políticas las tienen, pues se fundan en la hipocresía (entendida ésta como el engaño a sí mismo mas que a otros), nótese lo siguiente:
a) el cristianismo se dirige a todos, por eso sus ideas se exponen muy claramente, está dirigido a los sencillos, espíritus de pobre, para mejorar sus vidas, salvarlos, imponiéndoles normas éticas, iguales para todos,
b) los privilegios siguen existiendo, los seres humanos cultos, ricos sensibles y talentosos también, y el cristianismo no puede aniquilarlos, por lo tanto, llegado un punto, intenta ganárselos (a pesar del grosero desprecio envidioso que Pablo les profesa), por lo tanto debe crear un discurso de propaganda para ellos.
Las cosas se dicen de dos maneras, y no por los diferentes aspectos de un mismo concepto, o por más o menos profundidad, sino, como siempre, por meros fines proselitistas... y la hipocresía, esa conditio sine qua non de las religiones, va en su ayuda una vez más.
Haciendo uso del sentido común, no es difícil ver desplegadas las típicas inconsecuencias religiosas:
1) Dividir una misma creencia en fe y obras, de esta manera se puede actuar como un pagano o satanista , con profunda fe cristiana, es decir, odiar y despreciar a los pobres o, los niños, sufrir de la más vil envidia y sentirse anegado de “espiritualidad”.
2) Decir que tal o cual Iglesia es falsa, cuando nuestra creencia proviene de ella o es idéntica (es un rasgo típico de los cristianos endosarse tachas de falsedad entre sí, no respetándose entre ellos y a los demás), para u cristiano promedio, los demás cristianos de otras sectas “traicionaron el mensaje”, y rescatan así a la mentira del mentiroso que muestra la hilacha, y la replantean, procurando volverla trascendente, cuando es solo contingente.
3) La interpretación textual, concreta de la doctrina nos muestra que es necia, obtusa, mal explicada, incoherente y mezquinamente orientada a intereses político históricos concretos, por eso, debo buscar algo más en ella, una cosa que nadie más vio antes o que pocos vieron, entonces salvo a la mentira de su propia necedad, la elevo con interpretaciones ilegítimas (Cfr. Umberto Eco), la adapto a mis mezquindades particulares, profundizando la confusión y los equívocos.
4) La fuente es incierta, sus textos no son confiables. Todo prestigio tiene pies de barro, en especial el político y el religioso, por eso hay que salvarlo, creando más ideas y mejor elaboradas, injertándolas al cristianismo originario. De este modo, una tontería antigua puede ser reciclada, pues en cuestiones de religión es fácil unir partes disímiles, alianzando supersticiones. El viejo truco de vestir la mona de seda. Y esto siempre es así, sin excepciones: sea cual sea la belleza, complejidad o aparente elevación de un discurso religioso, su última verdad es siempre la misma y única: confundir y engatusar, usar el miedo y la debilidad.
Ante el truco esotérico de las religiones, no debemos olvidar que la intuición no engaña, la razón sí, cuando es controlada por los sentimientos. El sentido común lato debe guiar todo entendimiento, aún al más técnico, especializado, científico o cultivado (en última instancia, el primer privilegio de la inteligencia superior es prescindir de sí misma, auto esclarecerse con el cable a tierra del sentido común.
La integridad intelectual y moral de alguien queda en entredicho cuando nos aboda con un doble discurso: es hipócrita, fatuo. Lo exotérico y esotérico son un doble discurso. La Filosofía y la Ciencia no tienen dobles discursos, pues se basan en el correcto y equilibrado discurrir de la mente, no en el delirio de los místicos: nos agradan o no, son falsas o no, pero no dicen dos cosas a la vez para seducirnos o erigirse en verdades incuestionables, por eso no escapan a sus propias contradicciones como hace la religión.
El prestigio es un formidable enemigo de la verdad, igual que la convicción; solo es una opinión mayoritaria erigida en criterio general incuestionable que atrofia el criterio individual.
La convicción es destruida por la duda, el prestigio puede ser socavado por el conocimiento intuitivo directo del asunto en cuestión.
Existen opiniones calificadas y opiniones que no lo son, así por ejemplo, la opinión de un médico en asuntos de su especialidad es mejor que la de un lego, así ocurre con las opiniones de un abogado, un científico, ingeniero, etc. en sus respectivas disciplinas. En otras áreas ajenas a su formación sus opiniones son de lego, iguales a las de todos nosotros.
En religión no existen opiniones calificadas, por más que se pretenda lo contrario con argumentos como “me lo inspiró Dios”, en cambio existen opiniones sensatas e insensatas, es decir desde la fe, su necesidad o búsqueda, o bien desde fuera.
El prestigio de un eminente jurisconsulto, científico o humanista no avala en absoluto su apoyo a una religiosidad cualquiera.
La religión es una calamidad, la peor del hombre, así la defienda un indigente o la más grande cabeza de una época o país. La tontería cobarde de la religión no deja de ser tal por provenir de una ilustre mente; solo es un inmundo parásito que vive en ella.
El ateísmo y anticristianismo crudo y terminante de un inculto metalero es más sublime y verdadero que el más intrincado discurso esotérico religioso del más egregio intelectual.
La primer cosa a tener en cuenta para no caer presa del prestigio, es no aceptar el aval de la categoría personal para las tonterías o errores que pueda defender un individuo.
Debe verse con desconfianza al prestigio, y a todo cuanto canoniza.
Téngase presente que una versión terrenal del cristianismo, el marxismo, se desplomó por sus errores, ineficacias y falta de visión política, a pesar de todos los brillantes individuos que lo defendieron.
Es evidente el papel que juega lo oculto y trascendente: lo esotérico aparenta ser más exclusivo y elevado que lo aparente. Se trata del viejo truco religioso de despreciar lo evidente para considerar real lo ficticio, solo que esta vez vuelto a sí mismo (conservando la superstición y superchería de las masas incultas) para rescatar su prestigio en bancarrota y sacar tajada de las buenas mentes susceptibles de prestarle oídos y dejarse corromper.
En algo son coherentes las religiones si se conocen sus trucos: su estupidez superficial equivale a la de su fondo; en todas las cosas su imagen exterior corresponde con su faz oculta, si tenemos presente esto, jamás podrán engañarnos.